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Enfrentando a mis suegros...
Un hermano se acercó y me preguntó algo que fue un
poco humillante. Dijo: "Hermano ¿necesita que lo lleven
a su casa?" Y dije: "Sí, lo necesito". Tenía
una sola oración mientras nos dirigíamos a la casa
de mis suegros. Decía, mientras continuaba temblando, llorando
y riendo: "Señor, por favor no dejes que mis suegros
me vean en este estado". Oraba que no estuvieran en casa cuando
yo llegara. Existe cierta tensión teológica con mis
suegros. Oré: "Señor, no permitas que esto sea
causa de división". Pero el Señor no respondió
esta plegaria.
Cuando abrimos la puerta de la casa, vi a mis suegros parados frente
a mí. Yo no podía caminar muy bien y el hermano que
me había conducido a casa me llevaba más o menos a
cuestas. Yo transpiraba y no podía hablar con claridad, pero
recuerdo que dije, especialmente a mi suegra: "Mamá,
estoy bien, no te preocupes. Pero por favor no me mires". Inmediatamente
mi suegra levantó sus manos al cielo; comenzó a llorar
y alabar a Dios. Entró en un ayuno de tres días para
recibir la gloria de Dios. Y cuando iba camino a mi habitación,
para mi gran sorpresa la oí decir: "¡Esto es lo
que necesitamos en nuestras iglesias!"
El hermano comenzó a hablarles y explicarles lo qué
había sucedido, dándome la oportunidad de subir hasta
mi habitación. Cuando finalmente llegué a mi habitación,
en el segundo piso, cerré la puerta y me sentí feliz
de poder estar solo. Continué temblando y llorando, y sin
saber qué me estaba sucediendo. Dos horas después,
las manifestaciones cesaron totalmente, no tenía más
temblores, todo estaba bien. Pensé: "¡Caramba!
Tengo muchas cosas que contarle a mi iglesia de La Plata".
Creía que ese había sido el fin de mi experiencia.
No un toque sino una Transformación...
Sintiéndome nuevamente normal, bajé a explicar a mis
suegros lo que me había ocurrido. Antes de poder hacerlo,
mi suegra me puso enfrente un plato de comida y dijo: ¿No
es maravilloso el Señor?", y cuando lo dijo sentí
que la gloria de Dios volvía a caer sobre mí. Caí
hacia atrás sobre el piso, otra vez, y comencé a temblar;
luego me fui arrastrando hacia las escaleras para subir a mi habitación.
Debía confirmar a otro pastor de la zona que predicaría
en su iglesia, pero ni siquiera podía hacer una llamada telefónica.
Yo pensaba: "Señor, si esto viene de ti, ¿por
qué no me estás dejando hacer mi trabajo? Debo estar
ocupado, más ocupado que nunca". Sobre mi escritorio
tenía una lista de cosas por hacer, y el boleto de avión
que había comprado era caro, así que me sentía
con la responsabilidad de hacer cosas. Miraba la lista y la lista
me miraba a mí, y deseaba ocupar mi tiempo para el Señor,
pero no comprendía que el Señor tenía otros
planes para mí. El no le interesaba mi agenda; ¡la
hizo pedazos!
Durante seis días permanecí en la presencia del Dios
todopoderoso, llorando y gimiendo. Cuando volvía a sentirme
normal me ponía la corbata y el saco y me alistaba para salir,
pero cuando tocaba el picaporte el poder de Dios venía nuevamente
sobre mí y me arrojaba al suelo, de donde no me podía
levantar. A veces pasaban varias horas antes de que pudiera volver
a ponerme en pie.
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